6 DE JULIO DE 1944; Sangre del Pueblo bañó las calles de San Pedro Sula

Con el paso del tiempo esa barbarie ha sido enterrada en el olvido por aquellos que de alguna manera se creen señalados por el dedo acusador de la historia. Por el contrario, presentan a los crueles asesinos como bienhechores de la patria y consecuentemente habría que considerar a sus víctimas como merecedores de sus sanguinarios actos.

Este 6 de julio cumplimos 60 años de que las calles de San Pedro Sula fueron anegadas con la sangre de decenas o cientos de hombres y sobre todo mujeres dignas que se atrevieron a desafiar el terror implantado por el caudillo servil de las bananeras Tiburcio Carías Andino.

Carías impuso la política del encierro, el entierro y el destierro. Eliminó a todos los que se opusieran a sus decisiones. Los Comandantes de Armas distribuidos en diferentes departamentos eran terriblemente severos con el delincuente menor, pero ellos y sus allegados robaban y mataban con total impunidad.

La dictadura caríasta destruyó todos los esfuerzos organizativos de los trabajadores. Hizo causa común con las dictaduras de Anastasio Somoza en Nicaragua, Maximiliano Hernández en El Salvador y Jorge Ubico en Guatemala, todos ellos mantenidos en el poder a costa del asesinato de miles de hombres y mujeres que deseaban la instauración de gobiernos democráticos verdaderos.

Carías llegó al poder y se mantuvo por el respaldo de las compañías bananeras y la Embajada de los Estados Unidos, de quienes era su fiel servidor.

El 30 de junio de 1944 cayó Ubico en Guatemala y Hernández sacado del poder ese mismo año. Los demócratas hondureños, que intentaban reorganizarse desde varios años antes, se entusiasmaron y decidieron por la lucha abierta; Carías que tenía doce años en el poder respondió con la mayor crueldad para mantenerse en el mismo.

El movimiento de oposición a la dictadura cobró popularidad de inmediato. Eran profesionales y gente del pueblo de todos los partidos, incluyendo comunistas. No había empresarios, militares ni finqueros y eran apoyados por los obreros y artesanos entre los que el Dr. Peraza recuerda en sus memorias a Juan Valiente y Juan Barahona como los mas destacados.

4 de julio
El 4 de julio, día de la independencia de los Estados Unidos, se celebraba como fiesta nacional en Honduras. Valiéndose de esto, los opositores a Carías convocaron a una manifestación y celebración en el parque central e invitaron hasta a los gringos de las transnacionales bananeras.

Los discursos sorprendieron a los empresarios invitados, porque basándose en tos planteamientos de patriotas estadounidenses fustigaron a las tiranías y pidieron directamente a Carías que renunciara a la presidencia. Al tiempo que se recorría las calles de la ciudad se distribuyeron tres mil hojas sueltas con una carta firmada por ciudadanos de distintas clases sociales y partidos políticos que pedían la renuncia de Carías.

Los oradores advirtieron a Carías que si no renunciaba el 14 de julio, aniversario de la toma de la Bastilla en Francia, el pueblo sampedrano declararía una huelga de brazos caídos.

Pero algunos no quisieron esperar más y distribuyeron desde ese día volantes declarando la huelga y llamando al pueblo para que la apoyara.

5 de julio comienza la huelga y la represión
Empezaron las persecuciones de parte del gobierno. Varios huelguistas fueron apresados y otros tuvieron que ocultarse. Los gobiernistas distribuyeron una hoja volante diciendo que la huelga había fracasado porque “el pueblo unánime apoya a Carias”.

Una semana antes Carías cambió a la mayoría de los funcionarios de San Pedro Sula, incluyendo al comandante de Armas, trasladando desde Olancho a Ángel Funes, conocido como “el funesto”. Supuestamente, los funcionarios sustituidos simpatizaban o por los menos toleraban las actividades de los opositores y el gobierno no se sentía seguro con ellos.

La situación se volvió insoportable y esa misma tarde se organizó el comité de huelga con los licenciados Francisco R. Zúniga, Carlos A. Perdomo y Francisco Milla Bermúdez; los doctores Presentación Centeno y Rodolfo Pastor; el ingeniero Amilcar Gómez Róbelo; los profesores Graciela Bográn y José Batres Rodezno; y un grupo de obreros encabezados por Juan Barahona.

Esa noche tres profesionales se reunieron con el Ministro de Guerra Juan Manuel Gálvez que desde hada días estaba en San Pedro Sula. Le solicitaron permiso para hacer una manifestación al siguiente día con el compromiso de que ninguno de los manifestantes portaría armas, para evitar cualquier incidente. Gálvez accedió, ofreciendo “plenas garantías” a los peticionarios y a su vez les pidió que terminaran con la huelga, pero la comisión dijo que no creía poder convencer a los obreros de que desistieran del paro.

Una vez reunidos los impulsores del movimiento en casa de Graciela Bográn, se planteó a los obreros la posibilidad de terminar la huelga, pero ellos respondieron acusando a la comisión de cobardes y vendidos. Ante la actitud firme de los obreros, los profesionales decidieron continuar apoyando la huelga, pero el Dr. Centeno renunció a la presidencia del comité porque no estaba de acuerdo con los propósitos del movimiento y la conducción fue asumida por el vicepresidente Francisco Zúñiga.

6 de julio: el día de los ríos de sangre
El seis de julio el comercio amaneció cerrado, aunque la policía obligó a algunos a abrir las tiendas. El ambiente estaba tenso.
La manifestación comenzó a las tres de la tarde frente a la estatua de Morazán y terminó a las cuatro en la avenida del comercio y la esquina de donde estaba la Droguería Nacional, calle directa a la policía. Entre el mercado y el parque central.
Gálvez dio la autorización por teléfono de que saliera la manifestación. No hubo vivas ni mueras para nadie. Profesionales, obreros, industriales, comerciantes, campesinos, mujeres, ancianos y niños marcharon como una procesión de jueves santo.

Ahí estaban también un grupo de estudiantes del Instituto Normal José Trinidad Reyes dirigidos por el joven Enrique Suncery.

Al inicio se dio las recomendaciones para no dejarse provocar y dar excusas al gobierno para reprimir. Sabían que estaban frente a gente desalmada, acostumbrada a matar, pero se creyó en la palabra del Ministro Gálvez y había confianza en que nada sucedería. Salieron unas trescientas personas, la mayoría mujeres que encabezaban la marcha, pero se fueron sumando en el recorrido hasta alcanzar más de dos mil según el Dr. Peraza que iba adelante y según otros creen que fueron hasta diez mil los congregados.

Patrullas de soldados y policías salían al encuentro en actitud amenazadora, pero los manifestantes se mantuvieron en orden. Al final, después de una hora de recorrido, el Dr. Peraza dispuso dirigir unas palabras para indicar que el acto había terminado y para ello subió al segundo piso de la casa del comerciante Jesús Sahur, a media cuadra de la dirección de policía.

El mayor de plaza Angel Funes dijo que no permitiría que hablara Peraza aunque solo fuera para agradecer. Se acerco entonces el periodista Alejandro Irías para convencer al Mayor.

Desde el balcón el Dr. Peraza dijo: “Pueblo sampedrano, habéis dado una muestra más de verdadero civismo; la patria os lo agradece, viva Honduras!”.
Estas ultimas palabras fueron seguidas por un disparo que el mayor Ángel Funez asestó en el pecho al periodista Alejandro Irías. Y como si esa fuera la señal comenzaron los policías a disparar sus ametralladoras de mano, fusiles y pistolas directamente sobre la multitud durante unos diez minutos.
La manifestación estaba rodeada, no tenía salida. Les disparaban desde distintos lugares donde se habían apostado los militares.

Guillén Zelaya basado en testimonios de exiliados que estuvieron durante la masacre, relata en su artículo de El Popular: “Entre las víctimas figuran un gran número de mujeres que, por ser las que encabezaban la manifestación, fueron las que recibieron los primeros plomos homicidas. Dos de las mujeres hondureñas inmoladas, cuyos nombres han llegado hasta nosotros: Toña Collier, telefonista e Irene Santamaría, profesora, eran muchachas sampedranas, jóvenes y bellas.

Relatan los testigos presénciales que cuando Irene se sintió herida de un balazo en la frente, con el ultimo hálito de vida que le quedaba se lanzó contra el verdugo que blandía una ametralladora “Thompson” en las manos. Ella se aferró al cañón de la ametralladora y el asesino siguió disparando; Irene cayó con catorce perforaciones en el pecho.

En aquellos momentos, Toña Collier se abalanzó sobre el asesino, quien enfocó el fuego sobre el pecho juvenil de la muchacha, cayendo ésta para siempre sobre el enrojecido asfalto”.
Los sobrevivientes narraban con horror como la calle quedó anegada en sangre y cubierta de cadáveres y heridos.

“Tan pronto como cesó el fuego, los parientes recogían algunas de las víctimas. Los victimarios, por su parte, recogían en camiones a los muertos, los que fueron incinerados en el crematorio, para que el pueblo no se enterara de la magnitud de la tragedia. Las calles fueron lavadas para borrar el río de sangre y los heridos eran conducidos al hospital del Norte y al Hospital Americano de La Lima, una aldea situada muy cerca de San Pedro Sula, que sirve de sede a la United Fruit Company”, contó el licenciado Carlos Perdomo a Alfonso Guillen Zelaya.

Los camiones municipales los tenían listos para trasladar los cuerpos, lo cual hizo suponer que la masacre fue detalladamente preparada.

Las cifras de muertos varían según los testimonios, pero todos coinciden en que no fueron menos de cien y pudieron llegar hasta doscientos los asesinados y unos ciento cincuenta heridos, considerando la cantidad de gente concentrada y las enormes descargas de proyectiles.

Otros testigos aseguran que algunos heridos que huyeron del lugar de la masacre fueron alcanzados en los potreros vecinos y rematados por la policía. Se asegura además que a la matanza se sumaron civiles seguidores de Carias.

Los nombres que se recuerdan de los muertos son los de las personas de mayor reconocimiento público o conocidos de quienes escribieron las memorias, quedan en el anonimato los trabajadores y trabajadoras, niños y ancianos, hijos del pueblo que anónimamente dieron su vida en su lucha contra la dictadura.

7 de julio: la muerte siguió rondando
El mismo día de la masacre comenzaron las capturas indiscriminadas y se llenaron las celdas policiales. Se impuso el toque de queda y se sacaba a la gente de sus casas, acusándoles de sedición. Se prohibieron las reuniones de más de tres personas y se quiso impedir que los familiares se juntaran para enterrar a sus parientes. Se cuenta que durante los sepelios hubieron nuevos asesinatos.

A pesar de la represión, quienes estaban libres hicieron circular volantes donde se acusaba a Calvez y la United Fruit Company como verdaderos responsables de la masacre.

Los presos eran tratados con brutalidad durante la captura y durante los largos días de cautiverio. Carias ordenó directamente que fueran mas estrictos con los presos. De la prisión muchos salieron al exilio.

Muchos se escondieron en las montañas vecinas y otros cruzaron a Guatemala y México, como es el caso del licenciado Perdomo.

TAMBIÉN EN TEGUCIGALPA
El 4 de julio también se realizó una marcha en Tegucigalpa que fue atacada por la policía con gases lacrimógenos y muchas mujeres y hombres fueron apresados, pero no se sabe que haya habido muertos. Cientos de personas salieron al exilio para evadir la persecución carlista.
En esas acciones de protesta contra la dictadura estuvieron involucrados militantes revolucionarios que desde los años veinte organizaron los primeros sindicatos y que crearon en 1929 la clasista Federación Sindical Hondureña FSH, perseguida ferozmente y destruida por la dictadura.

LO QUE NO PODRÁ NUNCA OLVIDARSE
“Ningún acto de vandalismo de los tantos cometidos por el gobierno despótico de Tiburcio Carías, ha superado a la barbarie como la masacre de San Pedro Sula. Cualquier palabra que se escriba explicando, con todos los matices, lo que ese acto fue, tendrá que ser insuficiente para expresar la realidad de los hechos”.
“La historia futura de nuestra pobre y martirizada patria se encargará de hacer la denuncia de ese crimen con toda la crudeza de la realidad”.
“El pueblo de San Pedro Sula no podrá olvidar nunca el asesinato de sus gentes perpetrado por una pandilla famélica de odios y movida por el crimen al servicio del despotismo caríista. Su recuerdo será eterno y vivirá, en el corazón de sus habitantes, como una conciencia acusadora, esperando el castigo que tarde o temprano tendrá que llegarle a los malvados”.
Dr. Antonio Peraza
Confinamiento, prisión y destierro.

Los responsables directos

  • Juan Manuel Gálvez, Ministro de la Guerra.
  • Ángel Fúnez, famoso por los asesinatos de Jano, Olancho.
  • Agustín Tabora, de antecedentes delictuosos conocidos.
  • Ramón Rosa Galeano, pseudo periodista al servicio de la dictadura
  • Los dos Andino (padre e hijo), el primero califica do como responsable de masacres en los Valles de Quimistán.
  • Ramón Discua, abogado y ex juez de lo criminal, gobernador político de Cortés.
  • Donoso Cubero, Director de la Policía local.
  • Alfredo Zepeda, Ing. al servicio de la tiranía, Comandante de Armas.

  • LISTA PARCIAL DE LASCTIMAS DEL 6 DE JULIO DE 1944 EN SAN PEDRO SULA*

1-Alejandro Irías
2-Antonia Collier
3-Irene Santamaría
4-Enrique Suncery
5-Concepción Vda. de Gálvez
6-Froylan Valladares
7-Luis Santos
8-Taurino Bustamante
9-Emilio Fuentes
10-Enrique Tinoco
11-José Martínez
12-Ramón Rápalo
13-Ángel Bardales
14-Luis Barahona
15-Noé Barátala
16-JoséAlvarez
17-Graciela Gonzáles
18-AnadeHowell
19-Lorena Carias
20-Carmen Castañeda
21-Raúl Barahona
22-Francisco Botto
23-Cruz Castillo
24-Amilcar Flores
25-Luis Mejía
26-Antonio Doblado
27-José Cáceres
28-Miguel Mejía
29-Antonio Cervantes
30-José Villanueva
31-Amadeo Botto
32-Nena Santamaría
33-Saúl Barahona
34-Emilio Cáceres
35-Mercedes Morales
36-Héctor Lara Mejía
37-Guadalupe Sarmiento
38-Alfonso Guzmán
39-Miguel R. Mendoza
40-Francisco Paredes Fajardo
41-Emilio Mejía Cáceres
42-Choncita Castillo

Esta lista incompleta se elaboró con 31 nombres recuperados de un documento semidestruido recabado por Tomas Erazo, nombres aparecidos en un campo pagado publicado en julio de 1994 por Héctor Lara Rivera y del testimonio del Dr. José Antonio Peraza.

Revisión Artículo Año 2008/ 60 años de la masacre

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