25 DE JUNIO DE 1975 NO SE OLVIDARA

La iglesia de Olancho unió su sangre con los pobres

Balas y cárcel dio Melgar Castro a quienes pedían tierras para trabajar
El 18 de mayo de 1975, hubo más de cien ocupaciones campesinas de tierra que fueron reprimidas en todo Honduras, ocho de ellas en Olancho. Era el gobierno del General Juan Alberto Melgar Castro, quien había dado golpe de Estado apenas un mes antes al también General golpista Oswaldo López Arellano.
Con Melgar se paralizaron los planes de repartición de tierras impulsados por López Arellano.
Juan Alberto Melgar Castro.
La Unión Nacional de Campesinos (UNC), en ese tiempo la más beligerante de las organizaciones campesinas, realizó protestas con tomas de carretera el 13 de junio para presionar al Gobierno por la libertad de los apresados el 18 de mayo, pero no fueron escuchados.
Se organizó entonces la “Marcha de Hambre” o de “La desesperanza” que salió de diferentes puntos del país demandando libertad de los campesinos presos, la aceleración de la reforma agraria y la personería jurídica para la UNC.
Desde finales de los años sesenta la iglesia de Olancho se comprometió con los campesinos sumidos en la pobreza y el abandono. Surgieron decenas de celebradores de la palabra que evangelizaban en las aldeas y realizaban diversas obras de promoción humana, lo cual llevó a las comunidades a tomar conciencia de su realidad y la necesidad de transformarla.
En 1971 se organizaron las primeras ligas campesinas en Olancho y desafiaron el poder del gobierno de los militares y los terratenientes que acaparaban grandes extensiones de tierra para explotar el bosque y la ganadería, despojando a las poblaciones de los municipios.
En todo el país eran frecuentes los conflictos por la posesión de la tierra, sobre todo cuando se iniciaba la temporada de siembra de granos básicos.
En Olancho, el 18 de febrero de 1972, hubo un ataque del ejército y terratenientes en una recuperación de tierra en La Talanquera, una aldea cerca de Juticalpa. Seis campesinos fueron ametrallados, cuatro fueron heridos y otros presos.
Los terratenientes y los militares desataron una fuerte campaña contra la iglesia y las organizaciones populares olanchanas, acompañados por los medios locales y nacionales de comunicación.
La marcha de 1975 salió simultáneamente el 25 de junio desde Olancho, Choluteca, San Pedro Sula y El Progreso y se estimaba que en seis días llegarían a la capital. Fue reprimida desde el primer día en todo el país. El ejército los interceptó y apresó a sus dirigentes.
En Olancho la represión fue más violenta. El 25 de junio terratenientes y militares cometieron las terribles masacres de campesinos, mujeres y sacerdotes en el Centro de Capacitción “Santa Clara” y en la hacienda Los Horcones. Todos los sacerdotes y religiosas fueron perseguidos y tu¬vieron que salir del departamento.
Hay sectores de la sociedad hondureña que han procurado borrar estas páginas de la historia porque revelan su herencia de sangre y muerte. Esos mismos sectores que ahora se presentan como amigos del pueblo y salvadores de la patria.
En Santa Clara y Los Horcones murieron hombres y mujeres de la más alta calidad humana. La solidaridad, entrega, sacrificio por los demás y valentía para defender su derecho a una vida digna de éstas personas, son valores que deben ser rescatados y compartidos con las nuevas generaciones.
Desde luego que eso no le interesa a la prensa comercial, también ellos deberían sentir vergüenza y pedir perdón al cumplirse treinta años de las terribles masacres en Olancho, porque con sus campañas de mentiras y calumnias contra los luchadores, contribuyeron a su asesinato y a la impunidad de los criminales.
El pueblo es el llamado a mantener viva la memoria de los suyos, por siempre. “Los que no recuerdan a sus mártires, no los merecen.”
Más de quinientos campesinos de unas 20 comunidades del departamento de Olancho comenzaron a llegar desde el 24 de junio al Centro Santa Clara, en la cabecera Juticalpa.
De ahí caminarían juntos unos 170 kilómetros hasta Tegucigalpa.
Había ambiente de alegría, varios hacían composiciones y las cantaban con sus guitarras. Por los altoparlantes se escuchaba música popular cristiana.
El Mayor José Enrique Chinchilla, jefe militar en Juticalpa, por tres veces mandó a decir que pararan la marcha y que quería hablar con los dirigentes. Ese día 24 de junio llegaron contingentes de soldados de la 115 Brigada de Infantería. Algunos rodearon el Centro Santa Clara hasta con tanquetas en actitud intimidatoria.
No se hizo caso de las amenazas y la marcha salió antes de las cuatro de la mañana del 25 de junio. Se sumaron más de cien personas de organizaciones populares solidarias. Se estimaba que en el trayecto se incorporarían más comunidades hasta completar unas 5 mil personas al llegar a Tegucigalpa.
El Padre Boulang dirigió un acto religioso antes de partir. Como es costumbre de la población en Olancho, algunos andaban sus pistolas las cuales entregaron y fueron depositadas bajo llave en el Centro. Se dispuso que todos fueran desarmados y sólo llevar cuatro hachas y cuatro machetes para cortar la leña en el camino.
Los acompañaba un carro para apoyarlos. Por el camino había militares apostados en los pinos. Los terratenien tes abrieron zanjos en las carreteras y ahí se colocaron soldados, como en trincheras.
En el Santa Clara, quedaron las comisiones encargadas de preparar los ali¬mentos para los marchistas. Estaban también el personal de la cooperativa COS-MUDIEL que abastecía desde ahí a cerca de 40 tiendas de consumo.
En el Centro funcionaban las oficinas de CARITAS de Olancho, de la UNC, de las Escuelas Radiofónicas, el departamento de contabilidad de COSMÜDIEL, talleres de mecánica y carpintería para enseñarle a los jóvenes y el departamento de promotoras de salud que organizaban los botiquines comunales en las aldeas.
El padre Iván no estaba porque andaba en Tegucigalpa recibiendo a su madre y a la novia de su hermano que venían de Colombia a visitarle a Catacamas. Lo acompañó la estudiante universitaria Ruth Mallorquín. El padre Casimiro llegó en la mañana para comprar repuestos para el carro. El vivía a más de noventa kilómetros de Juticalpa y no tenía participación en lo de la marcha.
El centro de capacitación “Santa Clara” sirvió para capacitar a cientos de campesinos y campesinas y convertirlos en celebradores de la palabra de Dios, monitores de las escuelas radiofónicas que enseñaban a leer y escribir, orientación familiar y capacitación técnica.
Recién se le había cambiado el nombre a “Instituto 18 de Febrero” en honor a los mártires de la Talanquera. Los terratenientes acusaban al Santa Clara de ser un nido de subversión y en varias ocasiones exigieron que fuera cerrado.

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