Entre amenazas e intentos de asesinatos, sibndicatis de la maquila

Organizarse en Guatemala es derrotar el miedo que durante décadas sembró el terrorismo de Estado y las prácticas represivas que aun prevalecen de parte de los empresarios y el gobierno.
Guatemala tiene una larga historia de represión contra los sectores populares. Cientos de miles fueron desaparecidos o asesinados desde el derro¬camiento por Estados Unidos del gobierno democrático de Jacobo Arbenz en 1954 y el inicio de una guerra civil que apenas concluyó hace unos diez años.
En la década de los ochenta casi quinientas comunidades fueron totalmente arrasadas por las fuerzas militares. Millones fueron desplazados j internamente o huyeron hacia México. Directivas completas de organizaciones de obreros, estudiantes y otros sectores fueron secuestradas, torturados y asesinados.
A pesar del miedo heredado hay sectores que dan pasos en firme para organizarse y recuperar los derechos perdidos. Es el caso de las obreras de dos fabricas maquiladoras en la capital guatemalteca quienes nos cuentan los peligros vencidos para lograr organizarse en sindicato, los únicos existentes en la maquila de ese país.
Conversamos con Costaluz Zeledón Vicente, dirigente del Sindicato de Trabajadores de la Industria textil Choi Shi y Sonia Lisset directiva del Sindicato de la fabrica SIMA Textiles, ambas empresas propiedad de los mismos empresarios de origen coreano.

LA REALIDAD DE LA MAQUILA
“Decidimos organizamos porque el ambiente de trabajo en una maquila es pésimo. Tienen un trato terrible para la gente: gritos, no nos respetan, incluso abusos sexuales, les vale los derechos laborales.

No tenemos acceso libre al sanitario, hay que pedir permiso para levantarnos, no nos dejan tomar mucha agua para que no vayamos mucho al baño, nos toman el tiempo. Las metas son altas, hasta de 2,000 piezas diarias según la dificultad del estilo.
No tenemos libertad de ir al Seguro Social. En la fábrica tenemos una clínica entre comillas, porque solo tiene acetaminofen y otros medicamentos básicos. de que organización existiera esas medicinas
eran vendidas.
La jornada ordinaria termina a las 4 y media, pero antes del sindicato por obligación nos dejaban hasta las seis todos los dias. A veces hay que quedarse hasta las siete o las nueve los de línea y en corte o acabado los dejan hasta las once”.

DE VERDAD CREÍMOS QUE NOS IBAN A MATAR
Las dirigentes sindicales nos cuentan que cuando comenzaron a organizarse la empresa trató de intimidarlas, una vez notificado el sindicato el ataque fue directo, diciendo que “los sindicatos son malos, el sueldo no les iba a ajustar por las deducciones para el sindicato, que por su culpa la empresa iba a cerrar” y a los dirigentes se les acusó de ser guerrilleros.
Días después de notificado el sindicato, el 18 de julio del 2001, la empresa a través de los supervisores organizó una asamblea de todo el personal, supuestamente para dar la oportunidad de que los sindicalistas hablaran, pero en verdad fue una trampa para agredirlas y presionarlas.
“A mediodía se empezaron a organizar grupitos hasta que se juntó una gran masa de gente que se vino encima de nosotras las reconocidas como sindicalistas, haciéndonos preguntas. Un compañero quiso explicar pero no dejaron hablar por que no les nteresaba, gritaban ¡sáquenlos!.
Comenzaron a tirar basura, casaras de banano, trastos de comida, [avanzaban en nuestra contra. Alguien ‘tiró una botella de vidrio y los demás hicieron lo mismo. La muchedumbre nos dividió en tres grupos. Unos se refugiaron en la oficina, otras en la planta y otros nos fuimos a la garita (caseta) de seguridad esperando que llegara la policía que habíamos llamado por celular.
La gente nos siguió a cada grupo, nos golpearon, nos jalaron el pelo, nos tiraron al piso y a los que estábamos en la garita nos encerraron y nos gritaron que nos iban a linchar, que nos iban a prender fuego con gasolina si no salíamos.
Los guardias no hicieron nada, se habían salido. A los que estaban en la oficina los amenazaban con garrotes y les decían ¡firma tu renuncia o te matamos!. A quienes estaban en la planta las golpearon, a la secretaria general le dieron botellazos en la espalda, quedó horrible. A otro le rompieron la nariz y la camisa se le llenó de sangre. De veras pensábamos que nos íbamos a morir. Hasta que llegaron los antimotines después de tres horas prácticamente secuestrados, hicieron una valla y nos sacaron de la garita.
Algunas compañeras se indignaron y hasta lloraron por lo que nos estaban haciendo, pero tuvieron miedo involucrarse. Los jefes miraban de lejos y se reían. En un momento dijimos vamonos detrás del jefe de personal pero se metió a la caseta del comedor y se encerró y no hicieron nada. Mas bien ellos fueron los que dieron hojas en blanco y lapiceros, ellos fueron los que organizaron todo.
Incluso en la oficina ya tenían listos los cheques para todos los que sabían que éramos del sindicato, obligaban a firmar hojas en blanco e incluían mil quetzales de premio por la renuncia.
Cuando se presentó el sindicato tenía nueve del comité ejecutivo, tres del consejo consultivo y en total éramos unos 28. En Guatemala se necesitan 21 para hacer la notificación. A las que nos agredieron fue al comité ejecutivo, los que nos habíamos dado color, algunos miembros no se sabía quienes eran.
Los que habían renunciado no podían entrar al día siguiente, pero sabíamos que era un despido indirecto porque había sido por presión. Las que no renunciamos teníamos que ingresar, tanto a SIMA como a Choi Shin.
Al siguiente día nos recibieron con agresión pero los coreanos trataron de controlar la situación. Toda la mañana pasamos con tensión, hasta que vino la supervisora y me lo confirmó: “no se meta a problemas, usted tiene sus hijos y me dolería que le pasara algo, le advierto que a mediodía planifican hacer esto y esta vez están dispuestos a sacarlas muertas de aquí, si ustedes no se quieren salir”.
Yo estaba reasustadísima, hoy si me matan, dije. Pero pensé: yo pienso en mis hijos, es cierto, pero las demás compañeras sí van a dar la vida y con qué cargo de conciencia voy a vivir, sabiendo que yo no hice nada por ellas. Entonces dije: hay que pase lo que pase y las apoyé.
Sucedió lo mismo que el día anterior. Nos empujaban y nos gritaban que nos iban a matar pero no hubo golpes severos. Llegaron los guardias de seguridad de la empresa y nos sacaron, nos querían llevar a la oficina a firmar renuncia, porque éramos los que falta¬ban. No quisimos subir a la oficina y nos metimos a la garita, como tres horas. El señor Fernando Lee, de los dueños de las empresas, nos amenazaba “ si no renuncian voy a abrir la puerta y que los maten”. Ninguna renunció.
El 18 y 19 de julio llegaron instituciones de derechos humanos a constatar los hechos. El día 20 ya no fuimos a la empresa, pusimos las denuncias y levantamos un juicio. Pasamos siete días fuera, llegábamos siempre hasta el portón y nos lo cerraban, permanecíamos enfrente hasta la hora de salida. Había gente de la Federación, de sindicatos y de ONG internacionales apoyándonos.

Ganamos la primera batalla, pero hay que seguir la lucha
Con la intervención del Ministro de Trabajo, junto con otros funcionarios del gobierno, representantes de la empresa, abogados de los trabajadores y la Federación de Sindicatos FESTRAS cinco días después se logró que aceptaran los dos sindicatos y el reintegro de los que habían renunciado.

Pero esa fue apenas la primera batalla.
Las agresiones han continuado mas disimuladas, utilizando guardias de seguridad, provocadores que han contratado y directamente de algunos jefes como el de personal Luis Raúl Peleyón. Sin embargo la organización ha crecido, se ha logrado cambios mínimos en la situación de trabajo, incluso en las empresas vecinas, y sus dirgentes
mantienen la firmeza en la lucha, como lo manifiestan Sonia y Costa Luz.

SINDICALISTAS CON ORGULLO
Nos sentimos orgullosas de pertenecer a esta organización, aunque es difícil lograrlo porque el 80 por ciento del personal es analfabeta. Demandamos libertad de organización sindical para poder organizar otras empresas.
Organizamos es darnos el valor que tenemos, ellos no nos quieren reconocer que somos seres humanos, que sentimos, que vivimos y que no somos animales como ellos dicen. No somos máquinas de producción como ellos nos ven, creen que no tenemos sentimientos”.
Costa Luz y Sonia invitan a las obreras centroamericanas a organizarse. “La lucha es difícil. Si nosotras logramos sobrevivir, todas podemos hacerlo. Solo organizándonos lograremos un cambio en nuestro país.
No nos dejemos. Los coreanos dicen que porque somos de maíz somos tontos y no es cierto. Por que tal vez seremos a veces ignorantes pero no tontos. Solo unidos hacemos la fuerza, y solo así podemos combatir las injusticias que nos hacen en estas industrias textiles”, concluyeron las jóvenes obreras guatemaltecas.

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