LA MASACRE EN EL BALSAMO

Después de varias ho­ras de se­sión en Finca On­ce, Dagoberto Pa­dilla salió rumbo a El Progreso junto a Israel Ulloa, Án­gel Alvarado, Alcides Mejía, Pedro Chavarría, Jacobo Ríos Núñez y Eulogio Figueroa; quienes sabían que Dagoberto no podía andar so­lo.
Eran aproximadamente las siete de la noche cuando abordaron el jeep cerrado color rojo propiedad del SITRACOAGS. El viento sopla­ba fuerte, el cielo estaba medio nublado, era una noche tenebro­sa.
Dos guardias uniformados de militares le hicieron parada, y le pidieron jalón (aventón) hasta Agua Blanca.
(No puedo), les dijo Dagoberto, (Porque ya vamos siete). Pero lo convencieron y se acomodaron to­dos apretados. Era un poco con­fiado porque no veía a los guar­dias como enemigos.
Viajaron juntos aproximadamen­te treinta minutos. Los guardias charlaban amenamente con los sindicalistas para no despertar sospechas sobre el plan que traían, hasta hablaban contra los patronos.
( Aquí nos vamos a quedar), di­jeron los guardias cuando salieron a la carretera pavimentada en El Bálsamo. ( Es que nos vamos a cambiar de ropa donde un familiar porque vamos para una fiesta), justificaron.
Dagoberto se detuvo varios me­tros después del Puente Bálsamo, y se bajó del carro para mover el asiento y permitir que salieran los guardias de la parte de atrás Están servidos-, les dijo Dago­berto. Pero cuando él les extendió la mano para despedirse un guar­dia le respondió:
¿La mano me das perro comunista?, ¡Esto es lo tuyo, has­ta aquí llegaste !. En seguida los dos asesinos descargaron sus ar­mas, una escopeta calibre recorta­do y un rifle falk de uso oficial por el ejército de Honduras.
Dagoberto cayó al suelo mortalmente herido.
¡Cobardes!, les gritó Jacobo Nú­ñez. Inmediatamente le dispara­ron al rostro, y luego a los demás que estaban dentro del carro. De­tonaron por lo menos cincuenta balas.
Eulogio Figueroa se tiró al suelo y así logró cubrirse.
Pedro Chavarría quedó tirado entre los cuerpos, respiró sigilosa­mente para simular estar muerto, y esperó que los dos sicarios se perdieran en la oscuridad de la noche. Sin embargo los asesinos regresaron a comprobar que todos estaban muertos y les hicieron más disparos para asegurarse.
Dagoberto fue quien recibió el peor impacto, perforándole el pe­cho de un escopetazo, quedó tira­do a la orilla del pavimento total­mente muerto, con sus uñas lle­nas de sangre y arena.
Minutos más tarde Pedro se res­tableció ya que sólo tenía un dis­paro en uno de sus brazos y un perdigón de escopeta que atravesó sus mandíbulas. Pudo mover el carro y se fueron a Agua Blanca para avisar del hecho. Llevaba los cuerpos sin vida de Israel Ulloa, Ángel Alvarado y Alcides Mejía.
Pedro Chavarría, y Eulogio Fi­gueroa fueron trasladados al Hos­pital Leonardo Martínez Valenzuela de San Pedro Sula. Jacobo Ríos Núñez fue llevado a la FUSEP para las indagatorias pertinentes aun en su estado moribundo, luego a una clínica privada de El Progreso y posteriormente al Hospital Leo­nardo Martínez.
El cuerpo de Dagoberto lo lleva­ron a la morgue de El Progreso, y luego su velatorio fue en la casa de su madre, en Santa Rita. Al día siguiente se llevó al local donde funcionaba el Instituto Perla del Ulúa desde donde una multitud lo acompañó hasta el Cementerio General.
Eran los tiempos de la Doctrina de Seguridad Nacional, gobernaba Roberto Suazo Córdoba y Álvarez Martínez era el jefe de la Fuerzas Armadas. Había un temor enorme por la cantidad de asesinatos y desaparecidos.
Pero era tanta la indignación del pueblo, que al pasar frente a la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP), ahora Policía Preventiva, la gente se apostó para gritarles que eran unos asesinos.

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