UN DEBER ES RESCATAR LA MEMORIA DE QUIENES DIERON LA VIDA POR EL PUEBLO.

E1 olvido es un arma de los pode­rosos. A ellos les interesa que los pueblos no tengan memoria para ioder manipular las conciencias a su antojo.
I La historia oficial incluye lo que a los de arriba les conviene, oculta lo que no les favorece y acomoda lo que les impo­sible de ocultar.
! Así es como los asesinos y ladrones se convierten en héroes y los mejores hom­bres y mujeres son ignorados, calumnia­dos o frecuentemente falseados como los héroes nacionales Lempira, Morazán, Valle y Cabanas.
Es deber de quienes mantenemos la lucha, sin claudicar, por una Honduras con justicia para todos, recuperar la memoria de quienes antes levantaron las banderas del pueblo. En Honduras muy poco se ha escrito sobre los aconteci­mientos históricos populares ni de los hombres y mujeres que los hicieron posible.

  • Debemos recoger el ejemplo de los pioneros del movimiento obrero, Manuel Cálix Herrera y Juan Pablo Wainrigth y de todos los que junto a ellos estuvieron en las luchas de los años veinte y treinta.

I Todos deberíamos conocer la gesta de los valientes que desafiaron la sanguinaria dictadura de Tiburcio Carias Andino, de las mujeres que desfilaron por las calles de San Pedro Sula en 1944 y las decenas que fueron masacradas.
La huelga del 54 no debe reducirse a los 69 días que se pararon las labores en todo el país, sino a varios años de organi­zación clandestina entre la persecución y muerte de cientos de personas antes del gran movimiento de mayo. Esa mística organizativa la necesitamos en nuestros días.

Ningún campesino organizado debería desconocer quienes fueron los primeros, en decidirse a recuperar la tierra de las;
manos de las transnacionales y demás usurpadores.
Está pendiente escribir, y divulgar acerca de las luchas por la tierra iniciadas, en El Progreso. Entre ellos resaltarán las figuras de Lorenzo Zelaya, Rufino López y demás mártires del Jute.
Como ya nadie lo menciona, pareciera que nunca sucedió el sangriento golpe del 3 de octubre de 1963 y nada se recuerda de los cientos de muertos, presos y exiliados por la dictadura militar encabezada por Oswaldo López Arellano.
Tampoco se recuerda la gran huelga de 1965 y las importantes luchas de los estu­diantes y los maestros a finales de los sesenta.
Tan solo 21 años después es difícil encontrar una foto o un documento que nos hable de la gran marcha del hambre de 1975. Apenas si algunos se atreven tímida-: mente a recordar la masacre de Santa Clara: y Los Horcones realizada en Olancho’ durante la marcha que avanzaba hacia la capital desde distintos puntos del país. Por la falta de memoria histórica los asesinos son considerados por las nuevas generaciones entre los hondureños honorables y el nombre de Roque Andrade o Iván Betancourt no les significa nada.
Ningún maestro verdaderamente cons­ciente debería desconocer quienes fueron Moisés Landaverde, Miguel Ángel Pavón, Saúl Godines y todos los demás que supieron que ser maestro es mucho más que estar entre las cuatro paredes de la escuela o el colegio. Su recuerdo no debe limitarse a colocar su nombre a un aula o a un congreso.
El movimiento sindical ha dejado empolvarse la luminosa obra de los lucha­dores obreros. Debe abrirse espacio para Herminio Deras, Cristóbal Pérez, Félix Martínez, Gustavo Morales, Rolando Vindel, Dagoberto Padilla y los mártires de El Bálsamo y los cientos de muertos, desa­parecidos y torturados.
Debemos tener presentes los nombres de los estudiantes Manfredo Velásquez,
Osear Colindres, Eduardo Lanza, Marco Tulio López, Róger González, Marión Rosales y todos los que anhelaban educación popular, gratuita y liberadora y una universidad al servicio del pueblo.
Vicente Matute fue uno de los principa­les impulsores de la organización de los Tolupanes y los indígenas hondurenos ¿Cuántos conocemos su vida?.
No debemos olvidar jamás las jornadas patrióticas de abril de 1988 y quienes allí cayeron. No dejemos que se cambie la his­toria al gusto de los poderosos.
No importa de que sector social haya sido y las circunstancias de su muerte, los hijos del pueblo no deben quedar en el olvido. Sabemos que no son santos ni mucho menos, pero cada uno de ellos se ha ganado un sitio en la memoria histórica del pueblo hondureno que tenemos que recu­perar. Esa luz debe servirnos en estos tiem­pos de confusión y de moderno y tecnificado oscurantismo.

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